
Hoy celebramos con profundo gozo el Bautismo de Jesús y con esta festividad concluimos el tiempo litúrgico del Adviento. El evangelio nos ha permitido contemplar la manifestación de Dios uno y trino y su amor por nosotros. Nos impresiona ver cómo Jesús Hijo santísimo de Dios, se pone en la fila de los pecadores para ser bautizado, y como Juan se resiste, pero Jesús le ruega que lo haga porque Dios Padre así lo quiere. Cuando Jesús fue sumergido en el Jordán, los cielos se abrieron: “el Espíritu Santo descendió y se posó sobre Él” y el Padre desde el cielo gritó: “Este es mi Hijo amado, en quien me siento complacido”. San Irineo comenta así este momento sin igual: “Mientras los pecadores salían purificados del Jordán; Jesús salió empapado con toda la inmundicia de la humanidad, porqué asumió sobre sí nuestro pecado. Por eso el Padre al ver que su Hijo aceptaba su proyecto de salvarnos en Él, no pudo contener su alegría. ¡Cuán inmenso es el amor de Dios por nosotros: el Hijo carga sobre sí nuestro pecado y aceptar morir para pagar nuestro rescate; el Espíritu Santo se posa sobre El para sostenerlo con su amor. Y el Padre goza por la obediencia de Su Hijo”.
¿Cuáles sentimientos despierta en mi corazón esta extraordinaria revelación de Dios Trinidad y de su amor por nosotros? ¿Cómo deseo responder a su amor? ¿Qué siento que me pide el Señor?
Oh Dios, Uno y Trino, gracias por revelarnos el amor infinito con el cual buscas hacernos felices y salvarnos. Que tu Santo Espíritu nos ayude a responder a tanto amor con sinceridad de corazón. Amén.
Hoy repetiré con frecuencia esta oración: Gracias Trinidad santísima por tu amor sin medida. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Jesús, el puro, se sumerge en el bautismo de penitencia de Juan, mostrando su solidaridad con los pecadores y abriendo un camino de identificación con todos nosotros. Juan bautiza con agua, pero Jesús bautizará con Espíritu Santo y fuego, un bautismo más profundo y transformador, lleno de la vida de Dios (Antonio Pagola).


