
“Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que les odian, bendigan a los que les maldicen, oren por los que les calumnian”. Jesús, nos pide cosas, duras y difíciles de cumplir, pues es más normal y hasta bonito, hacer el bien a quien nos hace el bien, amar a los que nos aman etc. Pero solo con su ayuda, podemos empezar por nosotros mismos, es decir, no ser enemigos, ni odiar, ni calumniar, porque los primeros beneficiados somos nosotros mismos. Y con su ayuda, podemos hacer el bien, bendecir, y rezar. Esto conlleva el verdadero amor del que nos dio ejemplo Jesús. Y nos encontramos ante una regla de oro para nuestra vida diaria: “traten a los demás, como les gustaría que ellos les traten a ustedes”; en el día a día, el tratar bien a los demás, puede convertirse en nosotros en una manera de ser, y en consecuencia, será una ayuda para no perder la paciencia ni los nervios ante personas, impulsivas. Y Jesús también nos pide cuatro cosas: no juzgar, no condenar, perdonar y dar. Como podemos darnos cuenta en este capítulo 6, 27-38 del Evangelio de Lucas, nos encontramos ante un programa de vida.
Nos encontramos ante unas exigencias de Jesús claras, duras y muy concretas, que necesariamente nos cuestionan y nos exigen una conversión personal, pues no podemos pedir lo que no damos, ni tampoco creer que el mal viene de afuera, sino que la raíz de nuestras limitaciones está dentro de nosotros. Preguntémonos: ¿Somos capaces de hacer el bien, superando las barreras de clase social, raza, estatus, credo?
Señor Jesús, enséñame a amar a mis enemigos, a hacer el bien a quienes me ofenden y a orar por los que me maltratan. Dame un corazón compasivo y misericordioso como el del Padre. Ayúdame a no juzgar ni condenar, a perdonar sin medir y a dar con generosidad, confiando en tu amor. Amén.
Dios exige un amor radical y sin límites que supere la justicia común.
“Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos” (Lc 6, 35).
Jesús enseña una ética radical basada en el amor incondicional a los enemigos, la no violencia, la generosidad sin esperar nada a cambio y la misericordia.


