10 de Mayo

San Juan de Ávila, presbítero
Hch 9, 1-20 / Sal 116, 1-2 / Jn 6, 52-59. Feria. Blanco.

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”

En aquel tiempo, se provocó una fuerte discusión entre los judíos, que decían: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Jesús les dijo: “En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron. El que come este pan vivirá para siempre”. Esto dijo Jesús, enseñando en la sinagoga de Cafarnaún.

Hacer de Cristo la verdadera comida y la verdadera bebida de la vida no es despreciar los dones que Dios nos ha dado, como el poder, el estudio, el placer, el deleite de una buena comida, etc. Significa que el corazón acepta con decisión que nada de eso lo sacia verdaderamente. Cuando Cristo se ha convertido en el alimento y la bebida del alma, el corazón humano ya no encuentra el mismo apego en lo que es relativo. El corazón se centra, se unifica en un proyecto aglutinador de todas las fuerzas de la persona: la unión con Dios y su servicio en los hermanos. El corazón encuentra, entonces, sus delicias en Dios, y esa alegría ya nadie se la arrebata.

¿Cómo podemos saber que estamos caminando hacia una actitud cada vez más desprendida
de las cosas para apoyar nuestro corazón en Dios?