
Jesús señala con firmeza que la fe no puede reducirse a cumplir normas externas mientras el corazón permanece distante de Dios. La Palabra nos invita a revisar esas actitudes que aparentan religiosidad, pero que no transforman nuestra vida ni nuestras relaciones. Podemos conocer rezos, ritos y costumbres, pero si no dejamos que la Palabra entre al corazón, seguimos vacíos. Hoy, en medio de nuestras ocupaciones, Jesús nos recuerda que lo esencial es volver al mandamiento de Dios, que es amar. La Palabra se vuelve luz cuando la dejamos iluminar nuestras intenciones, decisiones y actitudes cotidianas. Cuántas veces defendemos “tradiciones” personales o comunitarias que en realidad nos impiden acercarnos más al Evangelio. Jesús no desprecia lo externo, pero pide coherencia: que lo que hacemos nazca de una fe viva y sincera. La Palabra de Dios es un espejo que revela nuestras verdades más profundas y nos libera de lo que es superficial. Cuando la escuchamos con humildad, nos cambia desde dentro y nos conduce a gestos más humanos, más misericordiosos y más semejantes al corazón de Cristo. Es posible cumplir prácticas religiosas sin permitir que Dios transforme el corazón. La Palabra pide autenticidad: vivir lo que proclamamos. El Evangelio nos libera de actuar por apariencia y nos invita a la verdad interior. Ser cristiano implica revisar continuamente nuestras motivaciones. La obediencia a la Palabra siempre nos lleva al amor y a la coherencia.
¿Qué actitudes en mi vida son solo “apariencia” y no brotan realmente del corazón? ¿Estoy dejando que la Palabra de Dios cuestione mis rutinas, decisiones y hábitos? ¿Qué mandamiento de Dios debo poner hoy por encima de mis propias tradiciones?
Señor Jesús, purifica mi corazón de toda apariencia, deseo de poder y reconocimiento. Que te busque con corazón sincero en cada cosa que emprenda. Amén.
“Su corazón está lejos de mí".
Lo importante no es el rito externo, sino la disposición del alma.


