
Jesús, baja a Cafarnaún, donde los sábados enseñaba y proclamaba el Reino de Dios a la gente, que le seguía, le buscaba y escuchaba con gusto, y he aquí que entre la gente se encontraba un hombre poseído de un espíritu inmundo que apenas ve a Jesús, le reconoce, sabe quién es y gritando le dice: “¿has venido a destruirnos? Yo sé quién eres. ¡El Santo de Dios!”. Jesús le ordena dos cosas concretas: callarse y salir de ese hombre. Y es así como el demonio tirando al hombre por el suelo, sale de él, sin hacerle daño. A la gente le maravilla este hecho, y más aún el ver que Jesús enseña con autoridad, pero, ¿qué implica el tener autoridad? Indudablemente la autoridad de lo que uno diga, tiene fuerza cuando se precede con el ejemplo y he aquí Jesús, que con su testimonio y coherencia de vida, convence, atrae, y crea buenos seguidores. No basta conocer a Jesús, es necesario un encuentro con Él.
Jesús reconoce al demonio que está dentro de este hombre, y este a su vez, se asusta, y tiene miedo. Jesús no dialoga con el demonio, porque con él no se debe dialogar. Pero libera al hombre. Su palabra tiene una fuerza impresionante. Pidamos a Dios la fuerza de vivir lo que anunciamos. En nuestro diario vivir, y rodeados de situaciones duras, donde la verdad no pocas veces brilla por su ausencia, ¿nos empeñamos en marcar la diferencia, desde nuestra coherencia de vida?
Señor Jesús, tú enseñas con poder y libertad. Te reconozco como el Santo de Dios. Sana mi corazón y saca de mí todo lo que me aparta de tu amor. Dame tu paz y tu fuerza hoy. Amén.
Asumir una fe activa que actúe con coherencia y autoridad espiritual frente a las injusticias y fuerzas del mal, imitando la misión liberadora de Jesús en Cafarnaúm.
Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad (Lc 4, 32).
La palabra de Jesús tiene poder real, no solo con ideas bonitas, sino con autoridad para liberar del mal y transformar vidas.


