01 de marzo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Su rostro resplandecía como el sol”
(Mt 17, 1-9)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

En el Segundo Domingo de Cuaresma, el Evangelio de san Mateo presenta un itinerario fascinante a través del relato de la Transfiguración del Señor. Muchos elementos de la Palabra de Dios nos conducen a reflexionar en ese misterio del amor y la elección de Dios con predilección. El primero que emerge es el de la elección del grupo de los Doce siempre acompañando a Jesús; permanece igualmente el grupo de la manifestación, es decir, el grupo que podía develar este misterio, pero que no lo comprende: “No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Pedro, Santiago y su hermano Juan son llevados por el Maestro a la cima de una montaña; ellos son los elegidos del grupo de los Doce que acompañan a Jesús a vivir los más grandes misterios de la manifestación del Hijo: le contemplan en la glorificación del misterio divino y el padecimiento del dolor humano en el huerto. El monte es el lugar de la glorificación, de la manifestación teofánica, de hecho, en el Antiguo Testamento, Moisés en el monte habla con Dios y en el Nuevo Testamento Jesús ora con su Padre en el monte; de ahí, el rostro resplandeciente de Moisés es la manifestación de lo eterno y la luz, la gracia que le acompaña. Moisés y Elías representan las columnas del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento; las tablas de la ley que portó Moisés, el fuego en el episodio de Elías con los sacerdotes de Baal fueron las grandes manifestaciones que parecían hablar por sí solas, pero que no lo eran en el fondo, porque la verdadera manifestación era el Hijo del hombre. La revelación teofánica expresada en el misterio de la luz y de la voz de Dios, son la manifestación de lo que parece extraordinario, pero que acontece para que quienes lo vivan y crean, porque la luz y la voz resultan evidentes a los sentidos: ver, escuchar. Los signos sensibles son los que llevan a la persona a confirmar lo que aparentemente no es posible ver, pero que se teje en el misterio de la fe.

Reflexionemos:

¿En mi vida permanezco vigilante a las manifestaciones de Dios a través del silencio y la oración? ¿La escucha atenta me permite captar los signos a través de los cuales Dios me está hablando?

Oremos:

Señor Jesús, dame la gracia de reconocer en la cotidianidad de mi vida aquellos montes a los que me quieres conducir para contemplar el misterio de tu amor manifestado en la cruz. Concédeme saber escucharte siempre para poder discernir el bien y el mal y, con tu gracia, podré adherirme a tu voluntad. Amén.

Actuemos:

Durante este itinerario cuaresmal busco un lugar para encontrarme con Jesús Maestro que me permita reconocerle en mi vida y en mis acciones.

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