
El texto de hoy nos sitúa al inicio de la predicación de Jesús, en el Kairós del reino, después de habernos dado su enseñanza en los capítulos 5 y 6, en los versículos previos a este, encontramos una serie de tres milagros y diversas curaciones, así como el relato de la tempestad calmada que es un texto de seguimiento, pues ahí se nos dice cómo es que hay que seguir a Jesús: por la escucha de su Palabra. Con este texto, se cierra el capítulo 8 y volveremos a otra serie de tres milagros en el capítulo 9. Lo acontecido en la región de los gerasenos nos recuerda, en un primer momento, el poder y la autoridad de la Palabra pues por donde ella pasa, no hay cabida para el mal; quien ha decidido seguir a Jesús debe dejar que su vida sea toda para Dios. Los dos endemoniados experimentan que el tiempo de la salvación ha llegado y poseídos por el mal reaccionan ante la presencia de Jesús enfrentándolo; en un segundo momento, el texto nos recuerda que la realidad del reino que permea todo por donde pasa, no siempre es entendida y acogida, pues los paisanos de estos en vez de alegrarse por ellos que han sido liberados de la fuerza del mal en la que vivían sometidos, echan a Jesús de sus tierras al ver afectados sus propios intereses como la economía y un aparente bienestar; desconociendo lo que esta acción sanadora significa no solo para los sanados, sino para toda la comunidad que en adelante podrá transitar por los caminos sin miedos. Los discípulos del Señor entendemos que el seguimiento implica renunciar a cuanto impida la escucha atenta y la vivencia del don de Dios y es en esta certeza, que Jesús actúa siguiendo la voluntad del Padre.
¿Qué impide en mi vida la acción liberadora de la Palabra del Señor y la llegada del Kairós del Reino?
Espíritu Santo, gracias por tu presencia en nuestra vida; tú que habitas en el corazón dócil y atento, nos permites escuchar la voz del Padre y en su Palabra, comprender cómo se manifiesta tu amor y bondad aún en las circunstancias más inesperadas. Te damos gracias, fuente de Vida Nueva, porque en nosotros todo lo recreas. Amén.
Estamos invitados a acoger la acción de Dios en nuestra vida a través de la escucha de su Palabra y por ella, tener la valentía de renunciar a cuanto impida su acción en nosotros.
“Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término” (Mt 8, 34).
Ante la simple presencia de Jesús, las fuerzas del mal retroceden y se someten. Ningún poder opresor, por violento o destructivo que parezca, es superior a la voluntad de Cristo.


