
Las bienaventuranzas son el corazón del Evangelio y la “nueva lógica” del Reino. Jesús no promete una vida sin cruces, pero sí una felicidad profunda para quienes viven desde Dios. El Padre Alberione decía: “La verdadera felicidad está en hacer la voluntad de Dios, aun cuando cueste; la paz nace de un corazón que se entrega totalmente al Señor” (Alberione, Meditaciones para religiosos, cap. 12). Hoy, en medio del ruido, la prisa y la búsqueda de reconocimiento, Jesús nos propone un camino distinto: humildad, mansedumbre, justicia, pureza, misericordia. No es un ideal lejano; es la forma concreta de vivir el Evangelio en lo pequeño. En cada bienaventuranza, el maestro nos recuerda que la grandeza no está en sobresalir, sino en amar. Y que su mirada sostiene nuestra fidelidad diaria, incluso cuando es silenciosa. Las bienaventuranzas nos devuelven al centro: vivir desde Dios y no desde el ego. Nos invitan a dejar las máscaras y dejar que Él forme nuestro corazón. Son un mapa para caminar en un mundo que busca poder y éxito. Jesús nos muestra que la verdadera fuerza está en la mansedumbre y la misericordia. La felicidad cristiana nace de la fidelidad, no de las circunstancias.
¿Qué bienaventuranza necesito abrazar hoy con más decisión? ¿En qué realidades me invita Jesús a ser manso, justo o misericordioso? ¿Estoy buscando la felicidad en Dios o en aquello que pasa afuera?
Señor, danos un corazón sencillo y misericordioso. Ayúdanos a encontrar la verdadera felicidad en tu amor y no en las cosas del mundo. Amén.
“El último es el primero y el humilde es el dichoso."
Jesús da la vuelta a los valores del mundo: nos enseña que la verdadera dicha no está en el poder o la riqueza, sino en la humildad, la limpieza de corazón y la capacidad de sufrir con esperanza. Las Bienaventuranzas son el "mapa" para vivir como ciudadanos del Reino de Dios desde hoy mismo.


