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1 de Febrero

“Contigo hablo, niña, levántate”

(Marcos 5, 21-43)

Iniciamos este mes cargados de esperanza porque sabemos que Jesús camina con nosotros: Hoy vemos dos personas que se acercan al Señor llenas de confianza: el jefe de la sinagoga que tiene a su hija a punto de morir y está seguro que Él puede colmarla de salud y de vida; y una mujer que sufre una enfermedad humillante y tiene la certeza que con solo tocar el mato de Jesús quedará curada. Ambos confían sin reservas en Jesús, lo buscan, le abren su corazón y le expresan su necesidad. Y Jesús les demuestra con ternura que está a su disposición y se entrega a cada uno sin medida donándoles mucho más de lo que esperan.
En la palabra que meditas en este momento, Jesús en Persona está a tu lado, acoge su presencia aunque no lo sientas, alimenta la confianza de que Él puede responder a los anhelos de tu corazón y a las necesidades concretas de tu vida; háblale de tus problemas y confía sin reservas en su amor.

 

Reflexionemos:

¿Hay algo que te impide confiar de corazón en Jesús? Háblale también de ello, de eso también te librará. ¡Señor, Tu nos das vida plena!.

 

Oremos:

Gracias Jesús porque te inclinas con amor ante cada persona que te abre el corazón, ayúdanos a confiar que una palabra tuya, un minino toque de tu amor nos llenará de vida. Amen

 

Recordemos:

Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida”. Se reían de Él.

 

Actuemos:

En los momentos de dificultad y tribulación busco a Jesús y descargo todo en él con total confianza.

 

Profundicemos:

Para nosotros estos dos relatos de curación son una invitación a superar una visión puramente horizontal y materialista de la vida. A Dios le pedimos muchas curaciones de problemas, de necesidades concretas, y está bien hacerlo, pero lo que debemos pedir con insistencia es una fe cada vez más sólida, para que el Señor renueve nuestra vida, y una firme confianza en su amor, en su providencia que no nos abandona.» (S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 1 de julio de 2012).

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