
Un centurión, era un oficial del ejército romano, que tenía bajo sus órdenes a un buen grupo de solados, y llama mucho la atención que sea él quien vaya al encuentro de Jesús para pedirle que cure a su sirviente. Y además ante su pronta, le dice que basta que Él lo diga de palabra y su sirviente quedará sano, y esto le dice a Jesús teniendo en cuenta que él como oficial del ejército romano, tiene solados y sirviente bajo sus órdenes y que apenas les da una orden, ellos lo cumplen. Y es maravillosa su expresión fruto de su fe en el Señor y en su palabra, cuando expresa: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, basta una palabra tuya y mi criado quedará sano”.
Mi creer no en algo, sino alguien que es Jesús, ¿va de la mano con mi manera de ser y de actuar ante Dios y ante los demás, de manera especial ante tantas personas, marcadas por el sufrimiento?
Señor, Jesús, dame la gracia de aprender en este camino de Adviento a ser humilde y pequeño. A tener en tu Palabra la sabiduría de vida que me permita reconocer la bondad que has sembrado en el interior de todos aquellos que me rodean. Amén.
Jesús se maravilla ante la fe del centurión y la elogia públicamente. Que, en este tiempo de Adviento, pese a la dura realidad que vivimos, no permitamos que nada ni nadie, nos robe la valentía y la esperanza, y que no dejemos de ser solidarios y salir al encuentro de nuestros hermanos que sufren.


