
El Evangelio de Mateo nos presenta la imagen de Juan el Bautista, un profeta que por denunciar la verdad es encarcelado y luego decapitado. Juan el Bautista es el ejemplo de la defensa valiente que, por defender su fe y la verdad, termina su vida como víctima fecunda, siendo prefiguración de la muerte redentora de Cristo. El verdadero cristiano, que sigue a Jesús con radicalidad hasta las últimas consecuencias, se convierte en “mártir”. Más aún, solo el mártir es el verdadero cristiano y testigo de Cristo (en griego, mártir significa "testigo"). La Iglesia de los primeros siglos estuvo marcada por el martirio: muchos hombres y mujeres fueron sacrificados por vivir y anunciar su fe. En un mundo caracterizado por la superficialidad, la infidelidad, la falta de valores, la pérdida del sentido de la vida, es necesario que la figura de Juan el Bautista toque nuestro corazón en defensa de la vida, en defensa de los derechos humanos, para vivir en nuestra cotidianidad los valores del Reino de Dios. Solo así siendo consecuentes con el Evangelio, podemos ser fermentos de vida y paz para un mundo que busca la verdad.
¿Cuántas veces por miedo a la persecución, al rechazo o al qué dirán, me vuelvo indiferente ante el dolor de las personas?
Espíritu Santo, llena mi corazón con tu luz santificadora. Concédeme el valor suficiente como lo tuvo Juan el Bautista para ser testigo del reino de Dios y no tenga miedo de denunciar todo aquello que va contra la dignidad de la persona. Amén.
El martirio de Juan el Bautista a manos del rey Herodes, nos presenta un fuerte llamado al compromiso con la verdad, la coherencia de vida y la justicia, confrontando directamente la doble moral y la cobardía.
Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta (Mt 14, 5).
El martirio de Juan el Bautista a manos del rey Herodes Antipas, es el contraste radical entre vivir bajo la verdad de Dios o encadenado por el orgullo y la opinión humana.


