23 de Febrero

San Policarpo, obispo y mártir
Hb 11, 1-7/ Sal 144, 2-5. 10-11/ Mc 9, 2-13. Propio de la MO. Rojo.

Se transfiguró delante de ellos

Seis días después, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva aparte, solos, hacia un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, muy blancas, de tal modo que ningún lavandero sobre la tierra puede blanquear así. Entonces se les aparecieron Elías y Moisés, que estaban conversando con Jesús. Luego, interviene Pedro y dice a Jesús: “Rabbí, ¡qué agradable que nosotros estemos aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Él no sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo. Entonces se formó una nube que los cubrió, y una voz salió de la nube: “Este es mi Hijo, el amado, escúchenlo”. Y de pronto miraron alrededor y ya no vieron a nadie con ellos, sino únicamente a Jesús. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó que a nadie contaran lo que habían visto, sino hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, preguntándose qué significaría eso de resucitar de entre los muertos. Luego le preguntaban: “¿Por qué dicen los escribas que es necesario que primero venga Elías?”. Entonces Él les respondió: “Elías debe venir primero para restablecer todas las cosas, pero ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre ha de sufrir mucho y ser despreciado? Yo les digo que Elías ya ha venido e hicieron con él cuanto quisieron, tal como está escrito de él”.

Es el cumplimiento de la revelación; por esto a su lado aparecen transfigurados Moisés y Elías, que representan la Ley de los profetas, significando que todo termina y comienza en Jesús, en su pasión y su gloria. La voz de orden para los discípulos y para nosotros es esta: “Escúchenlo”. Escuchen a Jesús. Es Él el Salvador: síganlo. Escuchar a Cristo, de hecho comporta asumir la lógica de su ministerio pascual, ponerse en camino con Él, para hacer de la propia existencia un don de amor a los otros, en dócil obediencia con la voluntad de Dios, con una actitud de separación de las cosas mundanas y de libertad interior. Es necesario, en otras palabras, estar prontos a perder la propia vida, donándola para que todos los hombres sean salvados, y para que nos reencontremos en la felicidad eterna. El camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad. No nos olvidemos: el camino de Jesús siempre nos lleva a la felicidad, habrá en medio una cruz o las pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad. Jesús no nos engaña. Nos prometió la felicidad y nos la dará si seguimos su camino (S.S. Francisco).

¿Estamos dispuestos a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús,
hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria?