“No se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio” (Mt 6, 34)
En muchos momentos, las preocupaciones y necesidades cotidianas que vivimos nos roban la paz y nos llevan a encerrarnos en nuestros problemas. Realidad que nos agobia, nos lleva a perder la fe y a experimentar que las dificultades nos sobrepasan. Hoy Jesús nos llama a la confianza, a reconocer que cada día trae su propio afán y que si lo vivimos de la mano de Dios, podremos descubrir como él sale al encuentro de nuestras necesidades: “No estén agobiados por la vida, pensando qué van a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta”. La condición necesaria para experimentar esta providencia del Padre, es buscar su Reino y su justicia; y todo lo demás llegará por añadidura. Pidamos al Señor en este día que nos ayude a llevar cada vez más a nuestra vida los valores del Reino y aprender a vivir nuestras dificultades cotidianas con mayor fe, resolución y esperanza.
Reflexionemos:
¿Cómo vivimos nuestras dificultades o preocupaciones cotidianas?, ¿nos dejamos agobiar por ellos o nos sirven para ir al encuentro de Dios?
Oremos:
Enséñanos, Señor, a vivir cada día con sus propios afanes. A no dejarnos agobiar ni encerrar por nuestros problemas, sino a buscar desde nuestra experiencia de fe, la manera de afrontarlos y superarlos de tu mano. Amén.
Recordemos:
Cuando trabajamos para Dios, él también trabaja para nosotros.
Actuemos:
Pensemos en esta jornada como podemos vivir nuestros problemas, preocupaciones y dificultades con mayor optimismo y confianza en Dios.
Profundicemos:
La vida de san José nos enseña a vivir de manera confiada en Dios y afrontar con serenidad nuestros problemas (Libro: Consagración a san José. Las maravillas de nuestro padre espiritual).
“Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6, 21)
Muchas veces, dedicamos todos nuestros esfuerzos y energías a la obtención de nuestras metas, ideales, oportunidades de trabajo que son importantes pero que no encierran todas las dimensiones de nuestra existencia. También es necesario fortalecer nuestra dimensión espiritual y con ella, nuestra experiencia de fe. Hoy Jesús en el evangelio de este día, nos invita a acumular tesoros no solo para las realidades terrenas que vivimos, sino también para el cielo, es decir, para alimentar y cultivar nuestra relación con Dios. Para ello, es necesario centrar nuestra mirada en las enseñanzas de la Palabra y aprender a iluminar las diferentes realidades que vivimos desde ella: “Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Pidamos al Señor, que abra cada día nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad a sus enseñanzas, y el deseo de orientar cada vez más nuestra vida desde ellas.
Reflexionemos:
¿En qué realidades centramos nuestros intereses?, ¿qué espacio damos a las enseñanzas de Dios en nuestra vida?
Oremos:
Ayúdanos, Señor, abrir cada vez más nuestro corazón a tu Palabra para iluminar desde ella, las diferentes realidades que vivimos. Enséñanos a reconocer todos los valores que nos comunicas y nos llevan a ser mejores seres humanos. Amén.
Recordemos:
Centrar nuestra vida en Dios es tener su Palabra y sus enseñanzas como la luz que guía nuestra existencia.
Actuemos:
Pidamos al Señor en la oración que así como centramos nuestros esfuerzos en otros intereses también podamos dar un lugar privilegiado a las enseñanzas del Reino.
Profundicemos:
Una de las mejores maneras que tenemos para centrar cada vez más nuestra vida en Dios es a través de la oración y el encuentro cotidiano con la Palabra (Libro: La oración. El respiro de la vida nueva).
“Cuando recen, no usen muchas palabras” (Mt 6, 7)
La oración es el medio vital que como seres humanos tenemos para comunicarnos con Dios y relacionarnos con él. Así mismo, para acoger con fe las realidades que vivimos, afrontarlas e iluminarlas desde las enseñanzas del Evangelio. Hoy Jesús continua instruyendo a sus discípulos y junto a ellos, nos enseña la importancia de cultivar una oración que parta de la vida y nos lleve a expresar a Dios de manera sencilla nuestras necesidades: “Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Así mismo, una oración que sea confiada y nos lleve a reconocer a Dios como un Padre amoroso que nos acompaña siempre y conoce lo que necesitamos: “Su Padre sabe lo que les hace falta antes que lo pidan”. Pidamos al Señor, en esta jornada la gracia de aprender a reconocer a Dios como nuestro padre, aquel que cuida de todos y nos ofrece lo necesario para la vida. Un Padre que provee nuestro pan cotidiano y nos enseña a perdonar de corazón a los demás.
Reflexionemos:
¿Experimentamos a Dios como nuestro Padre?, ¿cómo podemos unir nuestra vida más a él?
Oremos:
Gracias, Jesús, por mostrarnos con tu vida y enseñanzas que Dios es un padre amoroso que conoce de cerca nuestras necesidades y provee todo lo necesario para vivir. Ayúdanos, a unir como tú, nuestra vida más a él. Amén.
Recordemos:
Dios es nuestro Padre. Aquel que conoce antes que nosotros aquello que más necesitamos para vivir.
Actuemos:
Oremos a lo largo de esta jornada el Padre Nuestro con fe y agradezcamos a Dios cada una de las bendiciones que recibimos cada día como sus hijos.
Profundicemos:
El Padre Nuestro es una de las oraciones que nos lleva reconocer a Dios como Padre y entrar cada día en conexión vital con él (Libro: Padre Nuestro. Itinerario espiritual).
“Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6, 18)
En este día iniciamos la lectura del sexto capítulo del evangelio de san Mateo, en el cual Jesús enseña a sus seguidores, una nueva manera de vivir la oración, la limosna y el ayuno, prácticas de piedad arraigadas en la tradición de su pueblo. La novedad que Jesús imprime en dichas prácticas, es la invitación a vivirlas en el silencio y la intimidad con Dios, sin buscar reconocimientos por ellos: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. Así la oración pasa a ser la comunión profunda y vital con Dios; la limosna, la comunión con las personas más necesitadas y el ayuno, el dominio de sí mismo. Pidamos al Señor, en este día que nos conceda la gracia de vivir una fe transparente y sincera que no busque honores o reconocimientos por la ayuda que podamos dar a los demás, sino alimentar ante todo una comunión vital con Dios que se exprese en las relaciones que vivimos con los hermanos.
Reflexionemos:
¿Buscamos ser reconocidos por los ayudas o favores que brindamos a los demás?, ¿cómo podemos alimentar mucho más nuestra comunión cotidiana con Dios?
Oremos:
Ayúdanos, Señor, a reconocer la importancia de unir cada día nuestra vida más a ti a través de la oración. A compartir aquello que somos y tenemos con los más necesitados y transformar nuestros deseos de poder y reconocimiento. Amén.
Recordemos:
Dios nos invita a dirigirnos cada día a él, con confianza desde el silencio y las necesidades más profundas de nuestro corazón.
Actuemos:
Reservemos un momento especial de nuestra jornada para encontrarnos a solas con Dios y pedirle que nos ayude a unir nuestra vida más a él.
Profundicemos:
La oración une nuestra vida más a Dios y a las personas que nos rodean. Cultivarla nos ayudará a darle un respiro y un sentido nuevo a nuestra existencia (Libro: La oración. El respiro de la vida nueva)
“Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48)
En el evangelio de hoy, Jesús nos invita de nuevo a adentrarnos en la lógica de su amor, que implica salir más nosotros mismos para abrirnos al perdón y a la reconciliación: “Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen”. Lógica que tiene su origen en el amor que Dios tiene hacia todos sus hijos buenos y malos, justos o injustos; y nos pide también a nosotros expandir las fronteras de nuestro corazón para acoger desde los valores del Reino, a todos aquellos con quienes vivimos dificultades o diferencias: “Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?”. Esta lógica del amor de Dios, nos lleva a descubrir que cuanto más hayamos experimentado en nuestra vida el perdón y la acogida de Dios, más podemos abrirnos a compartirla con quienes están a nuestro lado, alcanzando así, la perfección a la que en él, somos llamados. Pidamos al Señor, en este día que nos ayude adentrarnos cada vez más en la lógica de su amor que sana, cura, restaura y fortalece nuestras relaciones. Que de su mano, aprendamos a ser signos de acogida y reconciliación para los demás.
Reflexionemos:
¿Cómo podemos empezar a llevar a nuestra vida la lógica del amor de Dios?, ¿qué enseñanzas nos deja el amor que Dios siente tanto por sus hijos malos o buenos?
Oremos:
Concédenos, Señor, la gracia de experimentar cada vez más en nuestra vida el amor y el perdón de Dios. A reconocer como a través de ellos, nos capacita para amar, acoger y reconciliarnos con quienes tenemos problemas o diferencias. Amén.
Recordemos:
Amar a Dios, significa aprender a amarlo, acogerlo y reconocerlo en quienes nos rodean.
Actuemos:
Pidamos perdón a Dios en este día por las veces que nos cuesta acoger o aceptar a aquellos con quienes tenemos diferencias.
Profundicemos:
Perdonar es iniciar un camino de liberación interior que nos lleva a reconciliarnos no solo con Dios, sino también con los demás y nosotros mismos (Libro: El perdón sana y libera).
“No hagan frente al que los agravia” (Mt 5, 39)
Como seres humanos, una de las actitudes que más nos cuesta es acoger de manera serena o pacífica las ofensas o los agravios que recibimos de los demás. Hoy Jesús nos invita a mirar nuestras relaciones y a iluminarlas desde los valores del Reino, cambiando la venganza, el odio, la indiferencia, por el amor, la reconciliación y el servicio: “Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a salir cada vez más de nosotros mismos y transformar las actitudes que nos llevan a querer devolver a los demás, el mal que nos hacen. Que conscientes de las cualidades y las capacidades que tenemos, aprendamos a defender la vida y nuestros derechos, acogiendo al otro con misericordia y abriendo camino a la reconciliación.
Reflexionemos:
¿Cómo afrontamos los conflictos que vivimos?, ¿qué enseñanza nos deja la invitación que nos hace hoy Jesús de no enfrentar a quienes nos agravian?
Oremos:
Enséñanos, Señor, a adentrarnos en la lógica de tu amor que nos invita a no devolver el mal que nos hacen. Danos la capacidad de ser personas abiertas al diálogo, el respeto, la escucha y la reconciliación. Amén.
Recordemos:
Jesús nos invita a mirar y acoger a quienes nos ofenden con misericordia.
Actuemos:
Abramos en esta jornada nuestro corazón al perdón, reconciliándonos con nuestros familiares que tengamos alguna diferencia.
Profundicemos:
El perdón abre camino a la reconciliación y nos lleva a reconocer los valores que los demás pueden aportarnos (Libro: El perdón sana y reconcilia).
“Y con muchas parábolas como esas les predicaba, adaptándose a lo que ellos podían entender” (Mc 4, 33)
A partir de dos hermosas parábolas, Jesús en el evangelio de este XI Domingo del Tiempo Ordinario, nos enseña la manera silenciosa y eficaz como acontece el Reino de Dios en nosotros. En la primera parábola, nos muestra que el Reino de Dios crece misteriosamente, así como la semilla que el sembrador arroja a la tierra, cuida y espera que fructifique: “Él se acuesta a dormir y luego se levanta, pasan los días y las noches, y la semilla germina, y crece la planta sin que él sepa cómo”. En la segunda, nos enseña que el Reino de Dios crece y acontece en lo pequeño como el granito de mostaza, la cual al crecer, llega a ser la planta más grande de la huerta, capaz de acoger a los pájaros en sus ramas. Pidamos al Señor, en este día la capacidad de aprender a realizar nuestras labores cotidianas confiando en su providencia y poniendo todo de nuestra parte, para que lleguen a buen término y fructifiquen.
Reflexionemos:
¿Cómo experimentamos en nuestra vida la providencia de Dios?, ¿qué actitudes nos invitan a cultivar la dos parábolas del evangelio de hoy?
Oremos:
Enséñanos, Señor, a reconocer el misterio del Reino de Dios que actúa cada día en nosotros y fructifica las cualidades y capacidades que recibimos de ti. Que de tu mano, aprendamos a trabajar unidos a tu gracia, dando siempre lo mejor de nosotros mismos. Amén.
Recordemos:
El Reino de Dios acontece cada día en nuestra vida.
Actuemos:
Agradezcamos al Señor, en este día por las personas, experiencias o realidades que pone en nuestro camino para proveer aquello que necesitamos.
Profundicemos:
La vida de san José fue un continuo abandonarse en la gracia de Dios y trabajar de su mano para llevar a buen término la gran misión de ser el padre del hijo de Dios (Libro: Consagración a san José).
“Su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 51)
Un día después de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, celebramos también como Iglesia la fiesta del Corazón Inmaculado de María. Un corazón que estuvo cerca de Jesús en cada momento de su vida prodigándole su amor maternal. Para ayudarnos a reconocer el misterio que entraña el Inmaculado Corazón de María, el evangelista Lucas nos remite hoy a la escena de la pérdida del niño Jesús en el Templo, en el que María y José, angustiados lo buscaban entre los parientes que habían peregrinado con ellos a Jerusalén y los maestros del Templo. Al encontrarlo, María reclama a Jesús por su conducta, pero él les ofrece una respuesta que no saben comprender: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. María pese a ello, no se desanima, sino que sigue su camino, la misión de ser la madre de Jesús, conservando todas estas experiencias en su corazón. Ella, como mujer creyente, supo contemplar en su corazón el misterio del hijo de Dios que le fue confiado y no se desesperó cuando este sobrepasaba su entendimiento, sino que por el contrario, la motivó a ser fiel a Dios y dar tiempo a que la misma relación que fue viviendo con Jesús, fuera respondiendo a sus interrogantes. Pidamos a la Virgen María, que nos enseñe a contemplar en nuestro corazón, las realidades que nos confrontan y quitan la paz; y a descubrir en ellas, la presencia de Dios.
Reflexionemos:
¿Qué podemos aprender del Corazón Inmaculado de María?, ¿cómo podemos llevar a nuestra vida, su misma paciencia y confianza en Dios?
Oremos:
Enséñanos, Virgen María, a contemplar en nuestro corazón aquellas realidades que sobrepasan nuestro entendimiento y nos roban la paz. Ayúdanos, a esperar con un corazón confiado, la manifestación de Dios en nuestra vida. Amén.
Recordemos:
María nos enseña que en el silencio y la contemplación nos ayudan a reconocer mejor la acción Dios en nuestra vida.
Actuemos:
Contemplemos en este día aquellas realidades que nos roban la paz y pidámosle a María, que nos ayude a vivirlas con fe y esperanza.
Profundicemos:
La devoción al Inmaculado Corazón de María nos enseña la importancia de contemplar nuestra vida y ponerla en manos de Dios (Libro: El triunfo del Inmaculado Corazón de María).
“En seguida brotó sangre y agua” (Jn 19, 34)
Hoy celebramos como Iglesia la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Fiesta que nos recuerda el gran amor que Jesús siente por la humanidad entera y la invitación que nos hace, de dirigirnos siempre a él con confianza. Amor que brota de su pecho traspasado en la cruz, tal como lo narra en este día el cuarto evangelista: “Al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua”. Agua y sangre, que recuerdan para nosotros los sacramentos del bautismo y la Eucaristía, con los que nacemos a una vida nueva, gracias al sacrificio de Jesús en la cruz y al perdón de los pecados que su gracia despierta en nosotros. Aprovechemos esta jornada para contemplar a Jesús en la cruz y ver como desde el madero continúa uniendo su dolor y sufrimiento al de la humanidad entera, y manifestándole su solidaridad y cercanía. Así mismo, contemplemos en su pecho traspasado, el ofrecimiento que nosotros desde los diferentes lugares que nos encontramos, podemos hacer a favor de los demás. Que en este día podamos amar a quienes están a nuestro lado, con el amor solidario y gratuito del corazón de Jesús.
Reflexionemos:
¿Cómo podemos llevar a nuestra vida el amor gratuito y solidario de Jesús?, ¿qué ofrecimientos cotidianos podemos hacer a favor de quienes sufren?
Oremos:
Danos, tu corazón, Señor, para aprender amar y darnos a cada momento como tú. Danos un corazón sincero, valiente, capaz de salir al encuentro de quienes sufren, confortarlos y animarlos a encontrarse contigo. Amén.
Recordemos:
En el corazón traspasado de Jesús, encontramos el modelo del amor que estamos llamados a tener con los demás.
Actuemos:
Confortemos en este día, a alguna persona que esté atravesando circunstancias difíciles.
Profundicemos:
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos ayuda a reconocer y experimentar el gran amor que Dios siente por la humanidad (Libro: Sagrado Corazón de Jesús. Fuente de toda consolación).
“Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19)
El evangelio de este día nos lleva a recordar nuevamente el valor que la Eucaristía tiene para nuestra vida de fe. Ella es ante todo un memorial que actualiza la entrega amorosa de Jesús por nosotros en la cruz, a través de las especies del pan y el vino: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes (…) Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes”. Memorial que nos mueve a actualizar en nuestra vida cotidiana, la entrega y el ofrecimiento de Jesús, a través del servicio y el bien que podamos prodigar a los demás: “Hagan esto en memoria mía”. Pidamos al Señor, que nos ayude a hacer de nuestra vida una ofrenda constante de amor al Padre. Que a través de la Eucaristía podamos unir nuestros sufrimientos a él, y a todos aquellos que sufren los efectos negativos de la pandemia y las manifestaciones sociales en nuestro país.
Reflexionemos:
¿Vivimos la Eucaristía como un memorial, que nos lleva a actualizar la entrega de Jesús en los gestos de servicio y solidaridad que tenemos hacia los demás?, ¿cómo podemos fortalecer nuestra relación con la Eucaristía en este tiempo de pandemia?
Oremos:
Ayúdanos, Señor, a hacer de la Eucaristía un memorial, que nos lleva a actualizar tu amor y tu entrega, en los gestos de servicio, fraternidad y solidaridad que podamos tener hacia los demás. Amén.
Recordemos:
La Eucaristía es un memorial que actualiza en nosotros el amor que Jesús siente hacia la humanidad.
Actuemos:
Salgamos al encuentro en este día, de alguna persona que necesite de nuestro servicio o solidaridad.
Profundicemos:
La Eucaristía es un memorial rico en signos y símbolos que nos ayudan a unir nuestra vida más a Dios y reconocer el gran misterio que se actualiza en ella (Libro: Pequeño Catecismo Eucarístico).

