
Jesús observa a los que depositan su ofrenda en el templo. Muchos ricos daban grandes sumas, pero desde lo que les sobraba. En cambio, una viuda, símbolo de pobreza y vulnerabilidad, deposita solo dos pequeñas monedas, las cuales representaban todo lo que tenía para vivir. Jesús no mira la cantidad, sino el amor y la confianza con que se da. Para Él, el valor de la ofrenda no está en el número, sino en el corazón que se entrega sin reservas. Esta viuda se convierte en un modelo de generosidad, desapego y fe total en Dios. Recordemos las recomendaciones de Jesús: dar con amor, no por obligación. Revisar el corazón antes de ofrecer cualquier cosa a Dios o al prójimo. Hacer pequeños gestos diarios. Ofrecer tiempo para acompañar a alguien, escuchar, servir o animar. Confiar en la providencia. Creer que, al dar incluso en la pobreza, Dios nunca abandona. Valorar las ofrendas humildes. Reconocer el valor de quienes, en silencio, entregan todo lo que tienen por amor.
¿Doy a Dios y a los demás solo lo que me sobra, o me entrego con generosidad? ¿Confío en que Él proveerá, incluso cuando doy desde mi pobreza? ¿Cómo puedo ofrecer no solo bienes materiales, sino también mi tiempo, talentos y corazón? ¿Soy capaz de reconocer y valorar las ofrendas humildes de los demás?
Jesús Maestro, enséñame a dar con alegría y confianza, sin cálculos ni miedos. Que mi ofrenda, aunque pequeña, sea grande a tus ojos por el amor con que la doy. Hazme generoso con mi tiempo, con mis dones, y con mi corazón entero para ti y para mis hermanos. Amén.


