19 de febrero

“Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”

(Mt 25, 31-46)

Permitamos que la Palabra de Dios toque nuestra vida

Esta grandiosa escena de juicio que Mateo nos presenta, lejos de ser una parábola, es la profecía final de Jesús que cierra el quinto discurso y todo el ministerio público. En el evangelio de Mateo encontramos que la venida en gloria del Hijo del Hombre se enriquece con el propósito de especificar su retorno: él vendrá para congregar a toda la humanidad y juzgarla. Esta parábola nos abre a la comprensión de la soteriología del Evangelio de Mateo, es decir, un plan que se despliega a partir del designio que el Padre instaura con su bendición en la creación y que se culminará con la herencia de un reino preparado por Él mismo, al que se accede por la cristificación ética. El Creador realiza un llamado al ser humano para que su vida se identifique de tal modo con la de Cristo, que él debe ser visto en los otros, sobre todo en los marginados y sufrientes.


Qué enseñanza nos deja Mateo en este Evangelio: Que Cristo se identifica con las personas que sufren necesidad, quiere decir que, si negamos a estas personas, también negamos a Cristo. Aquí está la consecuencia más radical de esta identificación por parte de nuestro Señor: si negamos a quienes sufren gran necesidad, también lo negamos a él. Nos invita también a hacer una lectura en clave discipular, a poner la mirada en los rasgos fundamentales del ser discípulos de Jesús, desde nuestro comportamiento bueno y justo hacia nuestros hermanos.


Dice el Papa Francisco que en esta perícopa del Evangelio de San Mateo está contenido el “protocolo sobre el que seremos juzgados”.

 

Oremos: Señor, quiero que tus palabras se ahonden cada vez más en mi corazón y se conviertan en norma para mi vida. Hoy tus palabras son fuertes, recias. Me pides que te vea a ti en el rostro de mis hermanos. Si no me ayudas, si no me das tu gracia, yo no me siento con fuerzas para realizar esa gran transformación dentro de mí. Amén.

 

Actuemos: ¿En qué he apoyado mi deseo de conversión en esta Cuaresma?, ¿en la bondad y santidad de Dios que se me ofrece, o en mi buena voluntad y esfuerzo? ¿Cómo se concreta mi amor en el día a día?

 

Recordemos: “Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad (Papa Francisco).

 

Profundicemos:

¿Sé reconocer a Jesús en mi prójimo, especialmente en los más pequeños, en los más necesitados?

¿Soy consciente de que cuando no realizo una acción con uno de mis hermanos, no la realizo con Jesús?

¿Cuáles son los criterios claves con base en los cuales se nos juzgará al final?

 

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